Me mudo.
Después de más de 20 años de vivir en lo que será muy pronto mi antigua casa, me estoy mudando hacia otro sitio. Tengo un problema con eso y que es que yo no estoy ahí para mudarme. Yo estoy fuera, muy fuera, del tipo estoy en otro continente fuera, probablemente lo más fuera que se puede estar para perderse las cosas (aparte de estar muerto claro). Pero eso no detiene el hecho de que me mudo.
Y es este hecho lo que activó los engranajes de mi cabeza que me hacen preguntarme ¿qué pasará cuando vuelva a mi hogar? ¿Cuándo vuelva voy a volver a casa, verdad?
No puedo evitar sentirme extraño al pensar en eso, no puedo evitar sentir nostalgia y melancolía, porque sé que cuando mis familiares me recojan en el aeropuerto y vayamos en el camino, no será el mismo camino, y el carro doblará a la izquierda y no la derecha.
Hace un mes tuve una sensación similar y creo que fue la que dio origen a todo esto.
En diciembre tuve la oportunidad de viajar a Barcelona para pasar el año nuevo junto a algunos buenos amigos. Fue una gran experiencia que siempre recordaré. Pero cuando volvía en avión desde aquella ciudad hasta Sevilla (donde actualmente resido y estudio) no pude evitar sentir que regresaba de unas vacaciones y que era bueno volver a mi hogar, a la realidad.
Pero no fue así. No en absoluto.
Porque el hogar que mi mente se refería era a mi casa en República Dominicana, junto a mi familia y amigos de toda la vida, no a mi residencia en Sevilla. Era como si llegará a un hogar sustituto. Nada como el original.
Al darme cuenta de esto intenté imaginar cómo será cuando realmente me toque volver.
Me veo llegando a un lugar diferente al que recuerdo. Esta casa tendrá una arquitectura que no conozco, un espacio en el que ya no puedo caminar con la luz apagada o con los ojos cerrados. Esta casa tendrá su propia mezcla de aromas que desconozco, tendrá sonidos con los que ya no estoy familiarizado y una habitación que no conoce mis mañas, ni yo las de ella.
Pero creo que es justo que llegue a una casa que no sea la misma, porque al final puede que yo tampoco sea el mismo al llegar.
Al pensar en esto lo que me duele son las cosas que me voy a perder. Me duele que no pueda despedirme de mi antiguo hogar, que no pueda dar la vuelta para dar una última mirada a la habitación vacía que nos vio a mí y a mis hermanos crecer, que no pueda ver desde el vidrio trasero del carro como la casa se desvanece con el poder de la distancia.
Es una sensación extraña no ser parte de los cambios importantes de tu propia vida. Supongo que así es que se siente no estar.
Pero soy optimista.
Creo que a pesar de todo me gustará mi nuevo hogar, no sólo porque mi querida familia estará allí y eso es lo que importa, sino que también es porque quizás, después de todos estos viajes que estoy haciendo, todas las cosas, personas y lugares nuevos que estoy conociendo, volver a casa, volver a esta nueva casa, se sentirá como que nunca volví. Quizás será como si aun estoy viajando y descubriendo cosas nuevas. Y ese sentido de volver a casa puede que nunca lo recupere.
¿Y sabes qué? eso no me da miedo, porque así sea en mi mente o físicamente, seguiré viajando y en el medio de este viaje aprenderé que el hogar no es un destino, sino que quizás hay que llevarlo consigo mismo no importa a donde vayas.